VIAJE A SUDAFRICA Y CATARATAS VICTORIA
Salimos de noche de Madrid en avión de Etiopían para llegar, tras una rápida y estresante escala a pie de pista en en el aeropuerto de Addis Ababa, a Ciudad del Cabo el miércoles 8 a las 2 de la tarde.
Tras coger el coche de alquiler y confundirme unas cuantas veces conduciendo por el sentido contrario- ya que aquí se conduce por la izquierda- llegamos a nuestro bonito y superamplio apartamento en Canal Quays, muy cerca de la zona conocida como Waterfront, a la que podiamos llegar andando sin ningún problema desde nuestro apartamento. Es una zona de antiguos muelles reconvertida en restaurantes y centros comerciales, llena de gente de todas las razas paseando, comiendo, bailando, cantando y disfrutando de la tarde.
Cogemos un Uber- maravilloso descubrimiento cómo funcionan aqui y lo baratos que son-, para intentar coger el funicular que sube a Table Mountain. Fuimos como ilusos preparados para coger el teleférico, subir, hacer una caminata y volver. Ya en el trayecto en coche tuvimos un tráfico infernal y por fin cuando llegamos, nos encontramos una cola infinita de gente de todas las edades, blancos , negros, mayores, colegiales....todos bajo un sol de justicia. Habría que haber llevado el tique reservado y deberíamos haber estado allí sobre las 7 de la mañana para ser de los primeros. Calculamos que había por lo menos 2 o 3 horas de cola, ya que había solamente un único funicular de subida mientras otro bajaba y la cola se prolongaba por muchos cientos de metros bajo el sol. Así que desistimos y nos hicimos una pequeña bajada de vuelta a la ciudad.
El camino tenía bonitas vistas de Ciudad del Cabo y el mar que nos acompañaron hasta llegar a la zona donde empezaba la ciudad. Una zona con unas casas impresionantes de gente muy, muy rica. Desde allí cogemos un Uber y nos vamos al barrio malayo. Comemos el restaurante Bokaap Combuis, en lo alto de la colina con unas buenas vistas a la añorada Table Mountain. Tomamos unos menú degustación de curris malayos, sabrosos ricos y picantes.
Después de la comida recorrimos el barrio lleno de casitas bajas de gran colorido. Los malayos eran los esclavos que trajeron a Sudáfrica para trabajar para los blancos y durante la esclavitud las casas tenían que ser de color blanco, cuando por fin se abolió la esclavitud, en venganza las empezaron a pintar de todos los colores que quisieron, en general muy bonitos y llamativos. Hay muchas galerías de arte, entramos en una de ellas donde el artista trabaja solo con materiales reciclados, impresionante.
Pero a la media hora se nos puso a llover, así que decidimos dar la vuelta y volver al coche. Cómo suele suceder en cuanto llegamos al coche nos dejo de llover, pero ya habíamos tomado la decisión de volvernos a Nysna donde dimos un paseo por los alrededores de nuestro apartamento y, luego ya tranquilamente, cenamos en casa.

Después, saliendo del Barrio Malayo, llegamos a Long Street una calle principal, llena de edificios coloniales, de gente y mercadillos.
Tras ello nos vamos al barrio de See Point, subimos por una colina llena de imponentes casoplones, (qué bien viven los ricos en esta ciudad y en general en Sudafrica) y llegamos a una zona rocosa con imponentes vistas del atardecer, aunque con mucha gente. Era difícil encontrar un sitio entre las rocas para poder ver el impresionante atardecer. Se fusionaban el rojo del cielo y el azul del mar. Tras ello nos fuimos a tomar una cerveza al centro al bar SurfaRosa con un ambiente joven y roquero.
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Dia 10: Ciudad del Cabo.
Hoy nos levantamos pronto, además es que aquí en Ciudad del Cabo amanece temprano ya que llevan realmente la hora solar. A las 9 de la mañana ya estamos de nuevo en el colorido Barrio Malayo. Punto de partida de nuestra caminata a Signal Hill. Subimos a la colina con un sol de justicia, no había sombras, pero en cambio sí que había muchas flores por el camino: estrellas de belén, geranios y otras que no identificamos. También vimos gallinas de guinea, una especie de pavitos muy frecuentes en toda África. Al llegar a la cima tenemos una vista panorámica impresionantes, tanto de la ciudad como del mar. Había además mucha gente haciendo parapente.
Después de disfrutar de las vistas, bajamos nuevamente a la ciudad para visitar el Museo del Distrito 6. Este es un museo sobre la demolición, en los años setenta, de un barrio de 60.000 habitantes, en su mayoría antiguos esclavos liberados, comerciantes, trabajadores e inmigrantes, por el apartheid, para construir el nuevo centro financiero de la ciudad.
Tras comer, cogemos el barco que nos llevará a Robén Island, la isla donde se encuentra la cárcel en la que estuvo encarcelado durante 27 años Nelson Mandela, además de muchas otras personas, sobre todo negras, qué lucharon contra el apartheid. Roben Island es hoy en día Patrimonio de la Humanidad, un museo para recordarnos el triunfo del espíritu humano sobre la adversidad y la injusticia. Las visitas son guiadas por exreclusos qué narran sus experiencias. Visitamos la cárcel, las celdas y una cantera cercana donde se hacían trabajos forzados.
Por la noche fuimos a cenar a un restaurante típico llamado Mamá Afrika. Donde nos pintaron las caras de colores mientras escuchamos a un grupo africano a todo volumen. Como en todo Sudáfrica cenamos muy bien y a unos precios bastante razonables (casi siempre entre 20 y 30 Euros incluyendo vino o cerveza)
Día 11: visita a los viñedos de Franschhoeck.
Sacamos el tique con antelación. Tienes que elegir entre diferentes recorridos: azul, rosa o rojo. Para llegar cogimos un Uber que nos llevó hasta la miniestación de tren de Franschhoeck. Aunque son como unos 80 km no nos salió nada caro. Desde aquí cogimos el tranvía qué nos llevó a las bodegas de Rickkety Bridge, Grande Provence y Franschhoeck Cellar. La que más nos gustó fue la primera, dónde tanto los vinos como las tapas eran excelentes y las raciones bien grandes. La segunda, aunque la calidad y cantidad no fue tan buena, merece la pena la visita del museo que tienen tanto el aire libre como cerrado, precioso. En la tercera, realmente ya no teníamos ganas de visitar ni beber mucho más.
Para volver cogimos el mismo conductor, qué seguía allí ¡después de mas de 4 horas! en busca de algunos pasajeros de vuelta para amortizar el viaje. Porque aquí los conductores de uber son autónomos y ponen su propio coche. No parece que ninguno se vaya a hacer rico con esas tarifas.
Por la noche salimos a Victoria Waterfront y cenamos en el restaurante Finjo. A la vuelta a nuestro apartamento, por equivocación confundimos la matrícula y, pensando que era un uber, nos metimos en el coche de un particular que no tuvo ningún inconveniente en llevarnos de vuelta a nuestro apartamento por una módica propina. Este fue nuestro último día completo en Ciudad del Cabo. Realmente nos quedamos con ganas de ver más partes de la ciudad. No pudimos ir al Cabo de Buena Esperanza ni a Table Mountain y nos hubiese gustado disfrutar un poquito más de esta moderna ciudad alegre y vibrante.
Día 12: Salimos de Ciudad del Cabo en dirección al Cabo de las Agujas (Aguilles).
Nuestro plan inicial era pasar primero por el Cabo de Buena Esperanza que es el cabo que se lleva la fama y luego ir hasta el Cabo de las Agujas que es el cabo que realmente separa la el Océano Atlántico del Océano Indico. Pero en seguida nos dimos cuenta de que iba a ser imposible poder hacerlo todo en el día, a no ser que lo hiciéramos todo a toda velocidad y sin por disfrutar realmente del viaje, por lo que decidimos no visitar el Cabo de Buena Esperanza.
Salimos de Ciudad del Cabo y seguimos admirando las bellas viviendas donde vive la clase acomodada en su mayoría blanca, luego se empiezan a ver viviendas mas modestas y por ultimo, empezamos a ver barrios muy largos de chabolas donde viven gente básicamente de raza negra. Aunque si nos llamó la atención que muchos de ellos tienen postes de la luz y estufas, muy ordenaditos y todos iguales, imaginamos que puestos por el gobierno para cada chabola.
Decidimos ir a comer a Hermanus y disfrutar del agradable paisaje costero. Primero paramos a tomar un café en Strand Beach una preciosa playa arena blanca y fina en donde muchas familias disfrutan de la playa y las actividades acuáticas. Además en la zona también se practica mucho el surf, por lo que también se veían muchos niños haciendo tablas de gimnasia para aprender a montar en la tabla de surf. Desde allí y siguiendo por la costa fuimos a Stony Point donde hay una preciosa colonia de pingüinos muy simpáticos y que está muy cerca de la zona permitida a los turistas para caminar. Disfrutamos mucho viendolos.
Tras ello nos dirigimos a Hermanus, donde paramos a comer en el restaurante Brientang`s Cave, en el que se prometía ver a las ballenas saltando para disfrute del turista. Aunque realmente el restaurante tiene una visión privilegiada de la hermosa Bahía Walker, ni nosotros ni nadie en la bahía pudo ver a ninguna ballena, sencillamente porque no estaban. Tras la comida nos fuimos a dar un paseo por el Cliff Walk dónde vimos preciosas plantas con flores y animales exóticos, entre los cuales nos llamó mucho la atención una especie de pequeñas marmota llamadas rock dassies.
Tras el paseo nos volvimos a montar en el coche y ya por el interior atravesamos unos paisajes preciosos, algunos nos recordaban a las costas de Cádiz y otros a zonas de Castilla la Mancha o de Extremadura, con una mezcla de paisajes de granjas con vacas, zonas de bosque y siempre al fondo agrestes montañas. Durante este viaje vimos también bastantes animales: un sinfín de rapaces la mayoría parecían milanos aunque no la especie española, además de ver a los pequeños pavitos llamados gallinas de Guinea y también unas perdices de por aquí. En alguna ocasión tuvimos que frenar para esquivar a la fauna, sobre todo a las perdices que parecían querer venir contra nuestro coche. También vimos algún cernícalo y unos pequeños antílopes que nos llamaron mucho la atención, creemos que se criaban en granjas, imaginamos que para carne, asi como alguna avestruz también en granjas. Sin más problemas llegamos hasta nuestro precioso apartamento en Cabo de las Agujas donde dimos un paseíto por la bonita playa para ver por primera vez el índico desde la costa africana
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| Cape Agüilles |
Día trece de octubre: Cabo de las Agujas- Parque Nacional de Hoop.
Salimos de nuestro chalé, en el pueblo cercano al Cabo de las Agujas para dirigirnos a este. En pocos kilómetros llegamos al faro que es monumento nacional pero no subimos porque había que pagar un precio un poco excesivo, así que cogimos el camino de pasarelas que nos lleva hasta el cabo. Aunque es corto, el paseo es muy agradable, vimos algún lagarto. una serpiente, no sabemos cuál, pequeñas tortugas y los inevitables rock dassies. Cuando llegamos al cabo, aparte de hacernos unas fotos, me doy un chapuzón en una charca que está al lado de la estatua dónde se marca que esta la divisoria de aguas entre los océanos Atlántico e Indico. Será el único baño que me doré en Sudafrica, ya que no lo hice en Ciudad del Cabo y, a partir de ahora, descubriré que las aguas del Indico son bien bravas.
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| Gallina de Guinea |
Volvemos a nuestro coche y nos dirigimos al plato fuerte del día: el Parque Nacional de Hoop. Aunque sabíamos que para llegar allí había que coger algunas pistas forestales, la verdad es que el camino se hizo duro y largo para llegar. Por lo menos conducimos a lo largo de 50-60 kilómetros por pistas de grava que aunque estaban en buen estado y se podía ir relativamente rápido, eran peligrosas precisamente por esa velocidad con la que se va en ellas y por tanto con la facilidad con la que era un momento dado se podia derrapar. Ya dentro del parque, en algunos sitios la pista era demasiado estrecha para que pasasen dos coches y si a eso le añades que no en las curvas no había visibilidad...
En todo caso cuando llegas allí y ves aquellas dunas tremendas, aquellos arenales infinitos, que yo creo que se extienden por más de 30 o 40 kilómetros de largo y luego, ya en el bar mientras te estás tomando una cerveza ves saltar, por fin, a las ballenas, te das cuenta que el viaje a merecido la pena. Es un sitio mágico, de los que quedan pocos en el mundo, todavía no invadido por el turismo, realmente salvaje. Nuestra única pena es no haber hecho noche allí.
A la vuelta, otra vez a coger pistas de tierra en este caso probablemente mas de 80 kilómetros hasta llegar una carretera. Después de ello aún tuvimos otras casi 2 horas mas de carretera por lo qué cuando llegamos Mossel Bay ya era noche cerrada, la zona de nuestro apartamento estaba muy oscura y nuestra primera impresión fue muy negativa. Cenamos en el apartamento cansados y de no muy buen humor.
Día catorce de octubre: Mossel Bay. Knysna
Amanecimos en Mossel Bay qué ahora nos pareció mucho más bonito. Estábamos en una zona con una agradable playa y muchos chales mirando al mar que nos dieron sana envidia. Decidimos hacer el sendero St Blaize Trail, un sendero por una zona de acantilados, pero muy seguro, que nos lleva primero hasta unas cuevas, que, por lo que leímos en los carteles, estuvieron ocupadas por los seres humanos durante el paleolítico superior medio e inferior. El sendero continua y te sube a un bonito faro, aunque no se puede entrar a verlo, posteriormente sigue por los acantilados durante 13 kilómetros. Como teníamos algo de prisa, para seguir viaje, no hicimos nada más que 5 o 6 kilómetros y nos volvimos al coche para continuar viaje.
Comimos de camino un muy buen pescado, en el restaurante Salina Beach, con grandes vistas sobre la playa y la bahía, y con un camarero muy simpático qué chapurreaba algo de español que había aprendido en las telenovelas venezolanas. Por fin, y esta vez de día, llegamos a Nysna. Nos alojamos en un apartamento dentro de una zona comercial, con restaurantes y tiendas, todo ello dentro de una zona de canales donde la gente nadaba, remaba en piraguas y hacía deportes acuáticos. La noche se puso muy fresquita y decidimos cenar en casa.
Día 15 de octubre. Vamos a visitar la Península de Rober.
Esta Reserva Natural tiene 3 itinerarios, uno de 2 kilómetros, otro de 5 kilómetros y el que hicimos nosotros de 9 kilómetros. Creo que, después de haber realizado el literario largo, probablemente, para gente que no le guste complicarse la vida, el más interesante es el de 5 kilómetros. Nosotros hicimos el de 9 kilómetros. El itinerario es muy bonito. La primera parte transcurre por lo alto de unos acantilados en donde vas viendo- y oliendo- colonias de focas. Pudimos ver unos cuantos cientos de focas, unas tomando el sol, otras parece que jugando, ninguna pescando. Una vez que llegas al final de la península primero desciendes a la playa y después empiezas a volver, alternando zonas de playa y zonas de roca con multitud de escaleras de sube y baja qué convierten la ruta en un poco rompepiernas. Finalmente llegamos a una preciosa playa conectada con una isla y ya desde aquí, aunque queda algo de subida, se nos hace más llevadero. La ruta es muy bonita, pero solo recomendable para gente que tenga algo de experiencia en moverse sobre rocas.
Una vez de vuelta al coche nos dirigimos a tomar un café a la playa de Plettenrberg, un inmenso playón de 8 o 10 kilómetros que tiene muy pocas entradas, solamente los propietarios de casas de la urbanizacion que esta encima de la playa pueden acceder desde sus chales y el resto lo tenemos que hacer desde uno de los dos extremos de la playa. La verdad es que la playa es, además de muy grande, preciosa para pasear, aunque el día ventoso y nublado (que creemos que por aquí es lo normal) no invitaba mucho a ello. El caso es que disfrutamos del camino: una playa casi virgen con multitud de conchas y viendo unas caracolitas metiéndose dentro de la tierra a nuestro paso.
Ya de vuelta a nuestro apartamento, cenamos bastante bien en el Restaurante O Pescador, un portugués muy popular en la zona.
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| Playa de Plettenberg |
Día 16. Knysna.
Hoy amaneció lloviendo, así que decidimos tomarnos el día con tranquilidad. Después de desayunar subimos a los miradores The Heads, que son dos grandes promontorios que resguardan a cada lado la, por así decirlo, ría de Nysna que se forma por el estuario del Rio Nysna. Solo se puede visitar libremente uno de ellos, el otro es de pago. Fuimos, obviamente, a visitar el que es de acceso libre. Las vistas desde arriba son realmente espectaculares, se puede oír como rompen las olas del Océano Indico contra las rocas, antes de entrar en la bahía de Nysna. Probablemente sea bastante complicado salir de esta bahía en velero por esa diferencia entre las aguas calmas del estuario y las aguas completamente bravas del océano índico.
Después de un reconfortante café en un antiguo y bello restaurante que esta en la zona del mirador y, en vista de que le había dejado de llover, decidimos subir a hacer la Senda del Elefante, el Elephant Trail. Para ello tuvimos que recorrer en coche cómo 15 o 20 kilómetros pon una pista forestal húmeda y resbaladiza que atraviesa un bosque primero de pinos y eucaliptos, pero que al acercarse a Diepwalle donde están las pequeñas oficinas del Parque Nacional el bosque ya es de árboles autóctonos parecidos a la laurisilva pero que no reconocimos. Se nos atravesó una especie de hurón y vimos salir de la selva una rapaz, por lo que imaginamos que en lo que queda de los bosques autóctonos la vida silvestre es aún muy rica. Una vez en el Parque y tras pagar 10 € por cabeza primero visitamos el Big Tree Eduard King. Un impresionarte yelowwood de más de 500 años de vida, tras esta visita, que hicimos acompañados por un simpático guarda, nos fuimos a hacer una pequeña parte del sendero negro.
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| Big Tree King Eduard |
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| Knysna |
Pero a la media hora se nos puso a llover, así que decidimos dar la vuelta y volver al coche. Cómo suele suceder en cuanto llegamos al coche nos dejo de llover, pero ya habíamos tomado la decisión de volvernos a Nysna donde dimos un paseo por los alrededores de nuestro apartamento y, luego ya tranquilamente, cenamos en casa.
Dia 17: Nnysna- Tsitsikama -Port Elizabetz
Por desgracia encaramos la parte final de la Garden Route. Empezamos el día con una caminata por el Parque Nacional de TsitsiKama, donde hacemos la ruta de las pasarelas o los puentes colgantes, que como dice su nombre atraviesa varios puentes colgantes. No apta para gente con mucho vértigo. Conviene ir pronto porque a media mañana empiezan a llegar autocares llenos de turistas que harán la ruta demasiado bulliciosa.
Llegamos a Port Elizabeth. dónde nos reciben un frío viento qué hace que la ciudad no nos parezca muy atractiva. Dejamos nuestro coche de alquiler en el aeropuerto y cogemos un Uber para ir a nuestro hotel, el Maclewood Hill Country House. Un hotel de época victoriana en un antiguo palacete que, aunque probablemente haya vivido mejores épocas, nos muestra todo el esplendor de esta época: la cena que fue bastante rica y barata era servida en vajilla de porcelana y cubertería de plata, teníamos al menos, creo recordar, 3 cuchillos, 3 tenedores y varias cucharas y cucharitas de postre, todo ello de plata. Acabada la cena y animados por el excelente vino de la zona entablamos conversación con un matrimonio de Pretoria qué nos hablaron de los encantos de su ciudad llena de jacarandas con gran cantidad de flores color violeta, qué por las fotos que nos enseñaron nos parecieron espectaculares.
Día 18. Port Elisabeth-Johannesburgo-Victoria Falls.
Nos despedimos del hotel victoriano levantándonos a las 4:30 de la mañana para coger el avión de las 7 hacia Johannesburgo. Cogimos este avión para hacer escala con tiempo, y menos mal porque los trámites en el aeropuerto de Johannesburgo para coger el avión nacional a Victoria Faĺls fueron largos y tediosos. Si hubiésemos tenido hubiésemos perdido el vuelo. El avión a Victoria Falls era un pequeño Embraer con solamente tres asientos por fila (un asiento de un lado del pasillo y dos en el otro lado) y apenas espacio para el equipaje, por lo que tuvimos que facturar nuestra maleta de mano.
Por fin llegamos al pueblo de Victoria Falls, una pequeña ciudad de Zimbabwe en mitad de la nada, cuyo único atractivo es estar al lado de las cataratas. Hacía un calor tremendo.
Nos fuimos a nuestro bonito pero frio apartamento con piscina y tras un relajante baño o ducha nos fuimos al Lookout un bonito restaurante con unas espectaculares vistas de las cataratas y el cañon del rio Zambeze . Cenamos bastante mientras disfrutabamos de la puesta de sol y nos tomabamos mojitos y daiquiris
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| Aeropuerto Victoria Falls |
Día 19. Cataratas Victoria
Por fin y tras negociar el precio del taxi en la app In Drive, que es la app de conductores locales que funciona aquí, fuimos a ver con un caloría infernal las Cataratas Victoria. El paisaje es espectacular: el cañón que forman las cataratas es inolvidable, verlas envueltas en vapor y con el estruendo del agua cayendo es un espectáculo único. No son tan grandes y caudalosas, como las Cataratas del Iguazú pero desde luego el cañon es espectacular. Las cataratas aunque era época seca llevaban bastante agua. En época de lluvias tiene que ser increible ver todas las paredes de los cañones cubiertas de agua. La caminata, qué en total no deben ser más de un par de kilómetros y por buen camino, se hace bastante bien porque entre el vapor de agua que sueltan las cataratas y la sombra que dan los árboles, se está relativamente fresco. Tampoco había demasiada gente, yo calculo que estuvimos viendo las cataratas durante las 2 horas que duró nuestra visita unos pocos cientos de personas, no más de 200 como mucho 300, lo que permite hacer fotos tranquilamente. De todas formas creo que se les podría sacar todavía mucho más partido: el camino, que esta en el lado opuesto a la caida de las cataratas, discurre lejos del borde de los acantilados, cómo 30 metros por detrás, lo que hace que casi nunca podamos tener una vista completa de la caida del agua, y aunque cada 50 metros o así suele haber un caminito que conduce a un mirador, este tampoco se suele acercar a justo el borde del acantilado. (Imagino que para evitar accidentes). Si las cataratas estuviesen en algún país occidental seguro que habría pasarelas y miradores transparentes sobre los acantilados que harían la visita aún más espectacular.
No fuimos hasta la piscina del diablo, del lado de Zambia porque hay que hacerla con guia y te cobran 200$ por persona.
Por la tarde nos fuimos a ver la puesta de sol al Victoria Falls Safari Lodge, un hotel con un restaurante y cafetería que tiene unas vistas maravillosas hacia el oeste para poder para poder ver la puesta de sol sobre la sabana africana completamente seca, pero es que a mitad del escenario de esa sabana cuarteada hay una laguna donde se acercan todos los animales para beber al caer el sol. Para exponerlo gráficamente, ahí estábamos nosotros tomándonos nuestra cervecita y viendo cómo se acercaban a la charca primero las manadas de avestruces y después las de búfalos para beber y refrescarse por la tarde, mientras a su vez nosotros nos refrescábamos el estómago. Un momento inolvidable.

Dia 20 Safari
Por la mañana pasamos la frontera de Zambia para realizar un safari y ver rinocerontes blancos.
Cruzar la frontera ya es para recordar: gran cantidad de gente por doquier, muchos transportando mercancías, de ellos algunos en bicicleta con unos macutos grandísimos e increíblemente bien colocados, llenos de alimentos, combustible o cualquier cosa susceptible de venderse en los mercadillos del otro país. También se ven muchísimos camiones parados, esperando a arreglar los papeles en la aduana y poder entrar en uno u otro país.
Una vez que encontramos a nuestro guía, nos montamos en el jeep y nos dirigimos. al Parque Nacional El Humo Que Truena (Mosi-Oa-Tunya). Es una zona relativamente arida cruzada por el el Río Zambeze qué es el que forma las cataratas. Durante el safari y a pesar de lo pequeño que es el parque vimos gacelas, cudus, búfalos, cebras y muy de cerca a unas gráciles jirafas. Al final, y tras mucha búsqueda conseguimos ver una pequeña manada de rinocerontes blancos, había cinco y una cría. Dado que en todo el país solo hay doce, conseguimos ver a la mitad de la población de rinocerontes blancos de Zambia por una módica propina a los guardas (que realmente sabían perfectamente donde estaban).
Ya de vuelta, volvemos a parar en la frontera con un calor impresionante. Nos bajamos del jeep para cruzar andando el puente de hierro qué une los dos países: Zambia y Zimbabue, con grandes vistas del cañón, aunque no se ven las cataratas. Hacia mucho calor así que no paramos mucho. Nos fuimos a comer al Restaurante Zulu, restaurante de arquitectura y comida local, aunque con precios algo elevados. No nos impresiono mucho, pero con el calor que hacia no estabamos para muchas degustaciones.
A las cuatro de la de la tarde nos pasan a recoger para hacer un crucero a bordo de un barco que iba recomiendo el río Zambeze mientras nos servían la cena. Un lujazo para terminar nuestras vacaciones: Íbamos viendo cómo caía la tarde mientras observábamos la fauna qué vive en el río y en las cercanías: cocodrilos, elefantes, hipopótamos y toda clase de aves. Cuando se puso el sol y ya casi de noche nos subieron una fabulosa cena con vino y todas las bebidas que quisieras tomar, para así pone un broche de oro a nuestra despedida de este gran viaje.
Dia 21 Regreso
Vuelo de regreso desde Victoria Falls a Johannesburgo y desde allí escala en Istanbul para llegar por fin a Madrid. Una pequeña paliza. pero que mereció la pena porque hemos disfrutado mucho este viaje: Los paisajes, las caminatas, las comidas, el buen vino sudafricano y también el contraste entre la riqueza de muchas zonas de Ciudad del Cabo y la Garden Route con la relativa pobreza de Zambia y Zimbabue y muchas zonas de Sudafrica.
África nunca te deja indiferente.





























































Precioso Viaje. Muy bien contado. Dan ganas de irse mañana mismo. Y de todo lo que cuentas, no sabría con qué quedarme, si los grandes paisajes, el hotel victoriano, las bellísimas cataratas o el último salario. Una gozada todo.
ResponderEliminarÚltimo safari en busca del rinoceronte blanco (el corrector pone los que quiere)
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